martes, 14 de julio de 2015

EL BÚCARO




En la calle Arenal donde yo nací, sólo había una casa habitada en la acera izquierda, lo demás eran negocios, almacén de azulejos, de abonos, unos talleres mecánicos, etc. La acera derecha, parte de los Arcos del Mercado de Entradores donde se encontraban instaladas las oficinas del Ayuntamiento y la Parada de los Autobuses que traían y llevaban a los viajeros de los pueblos del Aljarafe.
         Y en esa única casa habitada era donde yo vivía. Constaba de dos pisos: el principal y el segundo y en su fachada tres balcones a la calle cada uno.
         Cada piso constaba de siete viviendas, y en el principal, un patio cuadrado lleno de macetas grandes de palmeras y arpidristas. Y en el segundo igual número de viviendas con un gran barandal rodeando el patio precioso, de donde colgaban maravillosas macetas que eran una delicia al llegar la primavera con flores de todas clases, colores y olores. Y… la azotea… en la azotea había también una vivienda (ahora la llamarían ático), donde habitaba un matrimonio “mu güena gente”. Saliendo, nos encontrábamos a la derecha con un lavadero con cinco pilas, sus grifos y un fogón de leña para calentar el agua cuando tocaba el día de lavado en invierno.
         La azotea era grandiosa, por la derecha daba a la calle Pastor y Landero, por la izquierda (como no había ningún edificio alto que estorbara la visión), se podía contemplar todo el Paseo de Colón, el rio, la calle Betis, la torre de Santa Ana y hasta el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús en San Juan de Aznalfarache. Al frente (como ya he dicho), con las monteras del Mercado de Entradores y las terrazas de los pisos de los empleados del Ayuntamiento. Si te dabas la vuelta, veías la lona rayada del tendido de sombra de la Plaza de los Toros: “La Maestranza”, la Capilla de los Maestrantes y la Giralda… ¡que bonita se veía la Giralda desde mi azotea y que cerquita.. parecía que se podía abrazar¡
         La azotea también estaba llena de macetas de flores: jazmines, claveles reventones que trasminaban con su olor a clavo, rosas, azucenas, pacíficos, hortensias, gladiolos, nardos, geráneos, gitanillas y toda clase de plantas. ¡Que primor esos días de Semana Santa y Feria¡. Se entremezclaban con su perfume el olor de la miel de las típicas torrijas o pestiños. ¡Era el delirio¡.
         Las artífices de este pequeño jardín dentro de un centro urbano eran todas las vecinas, pero la máxima responsable era una persona muy querida por todos nosotros. Se llamaba Teresa, pero le decíamos Teresita; era no muy alta pero muy grande en su forma de ser; ella era la que ponía orden en todo y en particular sobre los niñ@s que nos juntábamos en la casa y a la única que hacíamos caso. ¡cualquiera iba a la azotea solo¡, subía y nos bajaba dándonos un cate en semejante parte del cuerpo, parece que la oigo decir: “Que no se sube a la azotea, que no es para jugar ni correr, que después caen goteras cuando llueve”. Ninguno de nosotros hemos tenido un trauma por el cate que nos daba Teresita.
         Pues bien, un día Teresita habló con los vecinos y dijo que el día 15 de Agosto se casaba con Diego en la Parroquia de la Magdalena; ya había muerto su madre, que trabajó como antes se trabajaba para sacar sus hijas adelante, vendiendo la prensa en su kiosko del Paseo de Colón.
         Mi familia –como todos los vecinos-, se dispusieron a regalarle algo para su ajuar, cada uno dentro de sus posibilidades, tampoco estaban los tiempos para muchos gastos, aunque ella se lo merecía todo. Mi madre le compró un juego de cazos, espumaderas y tijeras (un set de cocina sería ahora).
Mi tia Ana, hermana de mi madre, quiso hacerle un regalo ella sola y como su prometido tenía tienda de cerámica en Triana, le trajo un botijo (un búcaro como decimos nosotros), de los llamados de invierno, ejemplar único trabajado para Teresita. Yo tan pequeña como era, me encantó desde el primer momento que lo ví, era verde jaspeado (ya que era bética), con unas cenefas de colores finamente talladas a mano. Con el asa, la boca y el pitorro de un color entre rosa y grisáceo. ¡Una maravilla¡
         Ya cuando fui mayor seguía fiel a mi cariño hacía el búcaro. Ella lo mimaba y cuidaba con esmero, porque mi tía cuando se casó, tuvo la desgracia de fallecer de un tercer parto, y era como un vínculo entre las dos, ya que Teresita la había visto nacer y la quería muchísimo.
         Ha pasado el tiempo, nosotros nos mudamos de la calle Arenal. Teresita siguió allí fiel hasta el final cuidando sus queridas macetas y recibiendo las visitas de los vecinos que ya no vivíamos en la casa, pero que semanalmente se le hacía. Y se quedó sola, Diego se fue un día a ver la Cara de su Virgen Macarena y le decía que era aún más bonita que la de aquí abajo.
         Un día Teresita se cayó y se dio un golpe en la cabeza, la encontraron muy mal y la ingresaron en un hospital; tuve la suerte de que cuando fui a verla me reconociera; dos días después también se fue a buscar a su compañero para ver su Macarena, como aquellos Jueves Santos en los que vistiendo sus mejores galas e incluso de mantilla, visitaban las Sagradas Imágenes. Ella era del Calvario. Y luego volver ya de noche, después de haber pasado el día grande de Sevilla, paseando por todos su recovecos. ¡Dios los tenga a su lado¡.
         Días más tarde de su óbito, su ahijado me llamó por teléfono, para decirme que fuera ya que tenía una cosas para mí. Fui y me entregó fotografías, estampitas de comunión y algún que otro documento de mi familia. Me regaló un Niño Jesús en su cuna antiquísimo y… ¡el búcaro que un día mi tia Ana le había regalado. Lloré de emoción cuando lo tomé en mis brazos, era como si Teresita se hubiese enterado de que yo estaba “enamorada” de él, además por ser una prenda de mi querida tía Ana.
         Hoy ese búcaro se encuentra en un lugar preferente de mi casa, encima de mi biblioteca, y cada vez que miro un libro lo veo y me acuerdo de ¡tanta cosas que sólo los que están arriba lo saben¡.
         No te pude dar las gracias, pero con estas humildes palabras te digo que nunca te olvidaré- ¡Gracias por ser como eras, con tus defectos pero también con tus virtudes¡. ¡Dios te bendiga, Teresita¡.



         En Sevilla, cualquier día en el Arenal.

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