martes, 11 de agosto de 2015

...Y TUS OJOS ME MIRARON












Quizás fuese hace algunos años y era por esta fecha, el día de la Virgen se acercaba y los calores de agosto hacían las tardes aún más largas. Creo recordar que ese año la fecha de la Virgen era un sábado y por lo tanto, fiesta el 15 y el 16 domingo.
            Una madre se dispone a planchar la ropita de su hija que se estaba arreglando para después de merendar bajar a jugar a la calle con sus amigas y amigos, entonces jugábamos todos juntos. La niña se acerca a su madre para preguntarle algo y en ese momento la madre se vuelve con la plancha de hierro que antiguamente se calentaban en las ascuas de carbón y la niña hace lo mismo, la plancha quedó pegada al ojo izquierdo de la pequeña y una madre loca de dolor y una pequeña también loca de dolor prorrumpen en gritos y lloros de impotencia.
            La madre desmayada sobre una silla y la niña bajo el grifo del agua tratando de que se alivie el dolor de sus quemaduras, ¡inútil¡.
            “Hay que llevarla a la Casa de Socorro”- escuchaba lejanamente la pequeña. Y su madre, revistiéndose de valor y a pesar de la pena y su llanto, coge a su hija y la lleva a la Calle Rosario a la Casa de Socorro, donde le dicen que allí no pueden hacer nada porque no tienen medios, aún así para refrescar el ojito de la pequeña le ponen un colirio.  La Madre. No se queda quieta:  La lleva al médico vecino de la calle, el Dr. Don Antonio Cortés, el cual dio un pronóstico aun peor: quemaduras en el ojo que no podía decir hasta que punto afectaban pues debía de verlas un oftalmólogo. Cosa difícil por la fecha en que estábamos y viernes por la tarde. El Dr. Cortés indicó que la viese un oculista de la calle Garcia de Vinuesa, pero debido ya a lo tarde que era había marchado de su consulta, indicando su enfermera que se dirigieran a la calle Zaragoza que allí vivía el Dr. Cañuelo?. No lo recuerdo. 
            Impaciente esa madre, esperaba a que su hermana volviera del trabajo para ver si le podía prestar el dinero para llevarla al médico. Y  por fin llegó la tita Ana, y venía contenta porque le había tocado una papeleta que llevaba suscrita: 018, y le supuso un premio de 500 pesetas de las de antes. Quedó rota de dolor, porque su sobrina era también la niña de sus ojos e inmediatamente procedieron a llevarla al oftalmólogo. Cuando llegaron, y a pesar del corto trayecto desde la casa, se encontraron con el automóvil del médico lleno hasta arriba y con la familia dentro para comenzar sus vacaciones.
            La madre de la cría se puso de rodillas delante del médico y le rogó que la viese por lo más grande que tuviera. Y este caballero, dijo a su chofer: “Irse que yo me iré mañana, tengo que ver a esta pequeña”.
            Después de unos duros reconocimientos que a la niña le dolían como nadie sabía, les dijo: “La niña ha perdido el ojo, tiene quemaduras de 1º, 2º y 3º grados, además el colirio estaba en malas condiciones y aún está más dañado. Yo solo puedo recetar una pomada para refrescarle y dar calmantes para el dolor, el martes quiero verla a las 6 de la tarde, le taparé el ojo y que no le dé la luz hasta que yo la vuelva a ver”.
            Noche de insomnios, dolores y llantos, y esa madre culpándose de lo sucedido y esa niña diciendo que no, que ella también había tenido parte en ello. Se quedó más tranquila en su cama y de pronto llamó a su madre y le dijo: “Mamá, ¿mañana sale un Virgen de la Catedral?”.
            Su madre le contestó que sí: “Es la Virgen de los Reyes”.
            “Yo quiero verla, mamá”, -dijo la chiquilla.
            Y como las madres a sus hijos no les niegan nada, le prometió llevarla, pero que se tenía que levantar muy temprano, porque la Virgen salía a las 8 de la mañana.
            Y efectivamente, a las 7 de la mañana esa chiquilla iba a la Catedral de la mano de su madre y de su Tia Rafaela.
            Lo que ocurrió después fue inenarrable, salió la Señora desde la Capilla Real (antes salía desde allí); ellas se encontraban en un banco antes de que  la Virgen girase para salir por la Puerta de los Palos, llegó hasta su altura y ocurrió que la pequeña, quizás por el cansancio de la noche en vela, por el dolor, por el calor o debido a la emoción de ver a la Señora, cayó desmayada hacia atrás y tuvieron que echarla en el banco. Por mucho que intentaron reanimarla la niña no respondía, y sólo escuchaba en la lejanía la voz de su madre: “Mari, Mari, hija mía, por Dios Madre mia de los Reyes ¿Qué le pasa a mi hija?. Y escuchaba en su sopor el toque de las campanas y el murmullo de la gente y así estuvo hasta que la Cruz de Guía de la procesión entró por la Puerta de la Asunción (antes no daba la vuelta completa a la Catedral). Entonces llegó el paso en silencio y la niña recobró el conocimiento y quiso ver a la Virgen y su madre, la cogió en sus brazos y la puso delante de la Señora y ocurrió… La Virgen la miró y la niña se cruzó con su mirada y la Virgen le sonrió y la niña también y el Niño de la Señora que iba sentado en su falda, reía. Allí escucharon Misa y volvieron a su casa donde a duras penas pudo tomar un vasito de leche.
            Tal como había indicado el oftalmólogo, el martes día 18 a las seis de la tarde estaban en su consulta. El doctor preguntó cómo había pasado los días y así le contaron de los dolores y pataletas cada vez que ponían la pomada en el ojito. El. Levantó el apósito del ojo de la pequeña y miró con atención y miraba a mi madre y a mi tía y otra vez al ojo, hasta que se oyó una voz que decía: “Señora, ¿Qué le ha hecho a la niña?- ¿Qué le ha puesto usted en el ojo?. Mi madre respondió descompuesta que sólo la pomada y el seguía diciendo: “imposible, imposible, ¿Dónde ha llevado usted a la niña?.
            La madre le relató lo que había sucedido en el día de la Virgen. El doctor preguntó: “Niña, tú me ves?”. Y la pequeña contestó que veía claridad y que a él lo veía “raro”. Como distorsionado, así lo veía.
            El doctor se sentó en su sillón y les dijo a la madre y a la tía: “Señoras, lleven ustedes a la Catedral a la niña y denle las gracias a la Virgen de los Reyes, porque este ojito está curándose y bastante bien”.
            La madre al día siguiente fue a ver la Señora con su hija y le prometió que mientras viviera nunca dejaría el 15 de agosto de acompañarla y lo mismo tendría que hacer su hija.
            Cerca de seis meses estuvo la pequeña con un parche negro en su ojito, como el de los piratas, y sufría la humillación de l@s amig@s, pero estaba contenta porque su ojo se había sanado, solo que debía esperar para que le diese la claridad.
            Y hasta aquí la historia de esta pequeña que cada 15 de agosto acude, ya sin su madre porque está en el Cielo gozando de ese día, a la Catedral para acompañar a la Virgen de los Reyes.
            Algunos pensarán que es historiada, yo les digo que es ciertamente verdad, porque esa niña SOY YO.
            ¡Gracias Madre, por mirarme y sonreírme ese día, nunca te pagaré lo que hiciste por nosotros¡
            ¡Virgen de los Reyes, intercede por nosotros¡.
            En Sevilla, en el Arenal en la festividad de la Virgen de los Reyes.

            

1 comentario:

  1. Gracias Manuela, muchas gracias por contarme esta historia, ahora que lo necesito. Muchas gracias por mantener encendida mi esperanza. Gracias.

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